Transformar la arena en vidrio, cuando el fuego revela lo que somos capaces de cambiar

Julián Darío Socha JiménezExiste una parábola narrada por Jesús y registrada en el Evangelio según Mateo (S.M. 7:24-27) donde se habla de dos casas. Una ha sido construida sobre la roca y puede resistir las tormentas, mientras que la otra ha sido edificada sobre la arena y fácilmente se derrumba cuando llegan los vientos.

Más allá de la fe inicial, esa imagen esconde una sabiduría profundamente humana, una que no habla solo de religión, habla de fundamento.

Deseo ir más allá de la comparación entre roca y arena. Quiero detenerme en algo distinto y en lo que reflexioné hace poco cuando escuché la parábola y algo dentro de mi empezó a hablar e imaginar. ¿Qué le ocurre a la arena cuando es sometida al fuego? 

La arena es inestable. Se mueve. No ofrece seguridad. Es frágil frente al viento. En muchos sentidos, nuestra historia como país ha sido arena. Colombia ha vivido violencia, despojo de tierras, clasismo que separa, machismo que hiere, violencia intrafamiliar que marca generaciones. Hemos construido sobre heridas no reconocidas. Hemos intentado levantar casas sobre miedos no resueltos.

Y cuando llega la tormenta, todo se mueve, tiembla y se levanta.

Sin embargo, la arena cuenta con un potencial que la roca no tiene. Puede transformarse, o como algunos dirían, puede transmutar. Cuando la arena pasa por fuego y soporta altas temeraturas, se funde y se reorganiza, se purifica y se convierte en vidrio. Transparente. Sólido. Y lo mas simbólico de todo, ahora es capaz de dejar pasar la luz.

Transformar la arena en vidrio no es un milagro instantáneo, es un proceso

Sería muy fácil pensar que el fuego en nuestra historia colectiva representa la violencia que por décadas hemos padecido. Sin embargo, una mirada mas profunda nos lleva a reconocer que el fuego es la conciencia que reconoce lo que está mal. El momento en que dejamos de negar el clasismo que normalizamos, el machismo que justificamos, el despojo que ignoramos. El instante en que aceptamos que repetir patrones familiares no es destino, sino inercia.

Cuando una sociedad reconoce sus fracturas, empieza a fundirse. Cuando una familia decide cortar con la violencia heredada, algo se recalienta por dentro. Cuando un hombre cuestiona el modelo de masculinidad que aprendió, cuando una mujer se niega a normalizar el maltrato, cuando una comunidad protege un río en lugar de explotarlo, estamos presenciando el mismo proceso que convierte arena en vidrio.

Si el vidrio es arena transformada por fuego, nuestra cultura puede hacer lo mismo

Nuestra relación con la naturaleza también revela este punto. Hemos tratado la tierra como recurso infinito, como algo que se toma y se descarta. Esa mentalidad nace de la misma arena inestable que permitió el despojo y la violencia. Pero cuando entendemos que la tierra no es objeto sino hogar, el fuego del propósito empieza a actuar. Cambia la forma en que sembramos, construimos y habitamos nuestro territorio.

Transformar la arena en vidrio es elegir no quedarnos en la fragilidad heredada. Es atrevernos a atravesar el calor incómodo de la autocrítica. Es aceptar que no todo lo que recibimos de nuestras familias o de nuestra historia debe perpetuarse.

La roca es firme desde el inicio. El vidrio es firme después del proceso

Y quizás esa sea la lección más profunda de aquella antigua parábola. No se trata solo de dónde construimos, sino de qué estamos dispuestos a transformar para luego si construir. Porque debemos ser honestos con nosotros mismo y reconocer que cada uno de nosotros lleva arena dentro; miedos, prejuicios, lealtades invisibles. Comprendamos ahora que el fuego no es castigo, es oportunidad. Es el momento en que decidimos dejar de repetir y empezar a crear.

Una ultima reflexión sería: Transformar la arena en vidrio no significa negar la fragilidad. Significa atravesarla hasta que pueda dejar pasar la luz, una luz que nos permita ser verdaderos, sin máscaras, sin patrones, sin vicios, sin miedo ni culpa.

Y eso, mis queridos lectores, es un acto divinamente humano.

Por: Julián Darío Socha Jiménez


Las columnas de opinión no representan necesariamente la opinión editorial de Mesunos.Org

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